Túneles, catacumbas, asesinatos, batidas a duelo, tranvías a caballo, tickets de peajes de 1800, familias pioneras, el primer cartero, la vecina que recorrió América en su bicicleta, las esfinges egipcias.
Cada pieza va sacudiendo al desprevenido transeúnte que se anima a entrar en el ETI por estos días.
Es que buena parte del Museo Clarisse Coulombie de Goyaud se ha trasladado al salón de Soler 217.
Todo resultó apacible hasta que la noche del último sábado de mayo ocurrió lo inesperado: muchos vecinos decidieron dejar de lado sus escapadas tradicionales a las parrillas de Gaona para pasar UNA NOCHE EN EL MUSEO.
Y así pudieron ver algrunas de las tantas películas de Rolando que tanto sabe y quiere a nuestro pueblo, mientras una señora escuchaba sus atentas y minuciosas explicaciones; no importa si lo que está mostrando es un mortero de 1870, el arado que usaban en el campo de los Banquero o el aparato para fabricar manteca que usaba una fmailia de nuestro pueblo allá por 1900.
Hasta que -como sucede en la película homónima: UNA NOCHE EN EL MUSEO- los objetos expuestos volvieron a la vida gracias a un artefacto mágico de Egipto.
Tal vez las catacumbas egipcias construidas por Pompeo Boggio durante el siglo pasado, todavía en pie en la calle Martín Rodríguez, obraron la magia y los pájaros conservados hace 30 años comenzaron a batir sus alas, mientras el ciervo de los pantanos encontrado en el río Reconquista por el Museo Goyaud comenzaba a salir de su largo letargo de 10.000 años y paseaba su porte entre Mario Passarini y Nacha Ríos.
En otro rincón el periodista Mario Abeijón intentaba subirse a la maqueta del tranvía que tomaba su tamaño real para viajar de la estación a Villa Ariza para encontrarse con uno de los obispos rusos enterrados en el osario subterráneo de la Iglesia Ortodoxa Rusa de Malabia al 700.
La nota de cordura la puso el Director de Cultura Municipal Carlitos Tuero (devenido por un rato en guardián del museo) que apagando la luz y cerrando la puerta, trajo la normalidad que suele rondar estos claustros.
Afuera Rolando Goyaud sonreía pícaramente; eran muchas miles de veces las que el director había logrado que cada una de las piezas y documentos atesorados en su casa particular convertida en museo, habían cobrado vida en sus relatos, visitas guiadas y documentales ofrecidos gratuitamente a tantos miles de visitanes.